El grifo. El legendario guardián, mitad águila, mitad león

fresco con un grifo alado procedente de Pompeya
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El grifo es una de las criaturas híbridas más antiguas y persistentes del imaginario del mundo antiguo. Su iconografía, compuesta por cuerpo de león y cabeza —frecuentemente alada— de águila, se documenta desde el tercer milenio antes de nuestra era en Oriente Próximo y llega hasta la Antigüedad clásica y romana. El grifo aparece de forma reiterada en representaciones de poder, de culto y de prestigio, ocupando espacios cuidadosamente seleccionados dentro de la arquitectura palaciega, los santuarios y objetos de alto valor simbólico.

Desde Mesopotamia hasta el Egeo, desde Anatolia hasta el Irán aqueménida, el grifo actúa como criatura liminar, como un ser simbólico situado en el umbral entre dos mundos, cuya función es proteger, vigilar. Su lóngeva iconografía responde a un eficaz lenguaje visual, comprensible para sociedades muy distintas, capaz de transmitir autoridad, sacralidad, dominio y poder.

 

friso de los grifos procedente de la apadana del palacio de Susa, actualmente en el Museo del Louvre de París
Friso de los grifos. Museo del Louvre (foto: Carole Raddato)

 

EL GRIFO EN LA HISTORIA

Las primeras representaciones de criaturas híbridas con cuerpo de león y rasgos de ave aparecen en Egipto y Mesopotamia entre finales del IV y el III milenio a. C. En este momento temprano no puede hablarse aún de “grifos” en sentido estricto, pero sí de un lenguaje simbólico compartido, en el que la combinación de animales poderosos expresa ideas de protección, dominio y orden cósmico. En sellos cilíndricos, relieves palaciales y objetos de prestigio, estas criaturas compuestas ocupan espacios vinculados al poder político y religioso. El león, asociado a la fuerza terrenal y a la realeza, y el ave rapaz, ligada al cielo y a la vigilancia, forman una imagen de autoridad total. Son símbolos visuales del poder y de frontera entre lo humano y lo divino.

 

cinturón escita con escena de un grifo atacando a un ciervo
Cinturón escita con escena de un grifo. Hermitage San Petersburgo (foto: Peter)

 

Durante la Edad del Bronce, el motivo se consolida y se difunde por Anatolia, el Egeo y el mundo iranio. En el ámbito minoico y micénico, el grifo adquiere una presencia destacada en el entorno palacial. En Knossos y Pilos, se representa flanqueando tronos, accesos y espacios ceremoniales, actuando como guardián simbólico del poder real. Su función es proteger espacios y reforzar visualmente la autoridad del gobernante. Este uso del grifo como figura “arquitectónica” y no narrativa es fundamental para entender su evolución posterior: el grifo no nace como personaje de un mito, sino como emblema de control, vigilancia y legitimidad.

 

fresco con un grifo en la sala del trono del palacio de Knossos
Grifo en el salón del trono del palacio de Knossos (foto: Amaury Laporte)

 

GRECIA

En la Grecia arcaica, especialmente entre los siglos VII y VI a. C., el grifo experimenta una amplia difusión y una progresiva estandarización formal. Aparece en cerámica, marfiles, relieves y, de manera especialmente significativa, en grandes calderas de bronce dedicadas en santuarios panhelénicos como Olimpia y Delfos. Las protomas de grifo, situadas en los bordes de estos recipientes monumentales, cumplen una función clara: vigilar y proteger la ofrenda y, por extensión, el espacio sagrado. En este periodo se fijan los rasgos clásicos del grifo: cuerpo y patas de león, alas y cabeza de ave rapaz, orejas erguidas y mirada frontal. Su presencia no implica aún una narrativa mitológica desarrollada, pero sí una asociación clara con lo sagrado, lo valioso y lo intocable.

Es también en época arcaica cuando las fuentes literarias griegas comienzan a situar a los grifos en regiones lejanas del mundo conocido, especialmente en relación con la custodia del oro. Este desplazamiento geográfico del grifo —hacia los márgenes del mundo— refuerza su carácter de criatura liminal, situada en la frontera entre lo civilizado y lo salvaje, entre lo humano y lo monstruoso.

 

capitel con forma de grios en el palacio de Persepolis, Irán
Capiteles con forma de grifo en Persepolis, Irán (foto: Sebastià Giralt)

 

PERSIA

En el mundo persa aqueménida, el grifo se integra plenamente en la iconografía imperial. En Persépolis, las protomas de grifos forman parte de capiteles monumentales que combinan arquitectura y simbolismo en un lenguaje visual destinado a expresar el poder universal del Gran Rey. En Susa, el motivo aparece también en frisos cerámicos policromados, donde refuerza la idea de vigilancia y control del espacio palaciego. Aquí, el grifo es un símbolo de autoridad imperial, integrado en un programa visual cuidadosamente planificado.

 

fragmento en mármol del templo de Apolo en Didima con la representación de un grifo
Grifo en el templo de Apolo en Didima (foto: Gary Todd)

 

ROMA

Durante la época helenística y romana, el grifo no desaparece, pero su función se transforma. En el mundo romano su uso aparece en ámbitos secundarios y privados, como mosaicos, relieves, sarcófagos y objetos de lujo, asociado a la protección simbólica y ámbitos funerarios. Se vincula con divinidades como Apolo, al que se consagra como animal solar, tirando de su carro, y vigilante, o con Némesis, en su papel de garante del equilibrio y la justicia. En este periodo, el grifo ya no es el principal protagonista, sino que forma parte de un repertorio iconográfico más amplio, compartido con esfinges, quimeras, hipocampos, centauros y otros seres híbridos. Su carga simbólica se mantiene, pero ya no ocupa una posición central, de poder. Es, ante todo, un motivo protector.

 

fresco con un grifo procedente de la Villa de los Misterios de Pompeya
Grifo atacando a un aramaspo. Pompeya. MANN (foto: Stephen Chappell)

 

EL ORIGEN DE LOS GRIFOS

En las estepas de Mongolia y el actual Kazajistán, regiones que las fuentes griegas situaban en los confines del mundo conocido —más allá del mar Negro, en territorios asociados a los pueblos escitas—, se documentan abundantes yacimientos de fósiles de Protoceratops, un dinosaurio herbívoro del Cretácico superior, de tamaño comparable al de un gran cánido o un león pequeño. Sus restos presentan rasgos llamativos: un cráneo macizo rematado por un pico córneo similar al de las aves, una postura claramente cuadrúpeda. Este tipo de hallazgos se produce en paisajes desérticos y esteparios recorridos desde la Antigüedad por rutas de intercambio a larga distancia, más tarde integradas en lo que conocemos como Ruta de la Seda.

Es en este escenario geográfico y cultural donde se ha planteado una de las hipótesis más sugestivas sobre el origen del mito del grifo.

 

protoceratops en el museo de Mongolia Interior, Hohhot, China
Protoceratops. Museo Mongolia Interior. Hohhot, China (foto: Gary Todd)

 

LA TEORÍA DE ADRIENNE MAYOR

La historiadora estadounidense Adrienne Mayor desarrolló, a partir de la década de 1990 y de forma sistemática en su obra The First Fossil Hunters (2000), una propuesta que vincula determinados mitos del mundo antiguo con la observación e interpretación de restos fósiles.

En el caso del grifo, Mayor partió de un dato fundamental: las fuentes griegas y romanas sitúan de manera recurrente a estas criaturas en regiones concretas del Asia interior, descritas como remotas, áridas y ricas en metales preciosos. Heródoto, en el siglo V a. C., menciona a los grifos como guardianes del oro frente a los arimaspos; Esquilo y Plinio el Viejo refuerzan esta geografía mítica, localizando a los grifos en los márgenes septentrionales del mundo conocido.

Según Mayor, los pueblos nómadas de estas regiones —en particular los escitas, activos en el comercio del oro— habrían encontrado restos fosilizados de Protoceratops impregnados de polvo de oro o restos de vetas auríferas. El cráneo con pico evocaría un ave rapaz; el cuerpo cuadrúpedo, un gran felino. Su hallazgo con el oro los situó como extraordinarios seres protectores del preciado metal. Estos relatos se habrían transmitido oralmente a lo largo de las rutas comerciales entre Asia central y el Mediterráneo, reforzado una tradición simbólica ya existente. Mayor es explícita en este punto: no sostiene que los fósiles crearan el mito del grifo, cuyas representaciones están documentadas previamente en Mesopotamia y Egipto, sino que los hallazgos paleontológicos habrían contribuido a geolocalizar, concretar y dotar de verosimilitud a una criatura ya presente en el imaginario antiguo.

La propuesta es interdisciplinar, ambiciosa y narrativamente poderosa. Conecta folclore, paleontología, geografía histórica y mitología comparada, y ha tenido una enorme repercusión en la divulgación científica y cultural. Sin embargo, su éxito mediático ha ido acompañado de un creciente escrutinio académico.

 

fósil de Protoceratops en el Museo de Historia Natural de Beijing
Protoceratops. Museo Nacional de Beijing (foto: Gary Todd)

 

LA RÉPLICA DE WITTON-HING

En junio de 2024, Mark Witton y Richard Hing publicaron en Interdisciplinary Science Reviews el primer análisis sistemático centrado específicamente en evaluar la hipótesis Protoceratops–grifo. Su estudio, basado en bibliografía arqueológica, paleontológica e iconográfica, cuestiona los fundamentos empíricos de la propuesta de Mayor.

El primer problema que identifican es geográfico. Según Witton-Hing, los principales yacimientos de Protoceratops se localizan en el desierto del Gobi, en Mongolia y el norte de China, mientras que las zonas auríferas históricas asociadas a los relatos clásicos se sitúan a cientos de kilómetros de distancia. Indican que no existe evidencia geológica de explotación de oro en los mismos contextos estratigráficos donde aparecen los fósiles del dinosaurio, lo que debilita la asociación directa entre restos fósiles y minería aurífera.

El segundo punto crítico que argumentan es anatómico. Los grifos del arte antiguo presentan rasgos consistentes: musculatura felina, crines leoninas, colas largas y cabezas de ave rapaz con pico curvo, quimeras claramente definidas de león y águila. El Protoceratops, por el contrario, es un herbívoro de cuerpo compacto, cráneo bajo y collar óseo posterior, sin correspondencia clara con ninguna representación clásica del grifo.

Witton y Hing subrayan además un aspecto metodológico clave para ellos: los fósiles no afloran como esqueletos completos y reconocibles. En la mayoría de los casos, solo aparecen fragmentos dispersos que requieren excavación sistemática y conocimientos especializados para ser interpretados como un animal coherente.

El tercer argumento que comparten es histórico e iconográfico. Las representaciones más antiguas de grifos están documentadas en Mesopotamia desde el III milenio a. C., muy anteriores a cualquier contacto demostrable con Asia oriental. Los grifos asirios, hititas y minoicos muestran una continuidad estilística que responde a tradiciones visuales del Próximo Oriente, no a una difusión desde las estepas mongolas.

 

pintura mural con representación de un grifo de época minoica, palacio de Hector, Pylos
Fresco micénico con un grifo y un león. Museo Arqueológico de Chora (foto: Stephen Chappell)

 

UNA FRONTERA ABIERTA

Nos encontramos así ante dos enfoques bien articulados, pero no equivalentes en términos de evidencia. La teoría de Adrienne Mayor ofrece una explicación sugestiva y coherente desde la historia cultural. La réplica de Witton y Hing introduce una lectura más restrictiva, basada en cronología, anatomía comparada y arqueología del arte.

¿Símbolo mesopotámico transmitido y reformulado a lo largo de milenios, o mito enriquecido por hallazgos fósiles interpretados localmente? A día de hoy, la evidencia material no permite confirmar la hipótesis paleontológica. ¡Esperamos vuestros comentarios!.

 

mosaico con grifo procedente de Sikyon,
Mosaico con grifo. Museo de Sikyon (foto: Carole Raddato)

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